Como docentes, hoy vivimos una realidad distinta a la de hace algunos años: entramos a nuestros espacios de aprendizaje y sentimos que de alguna manera, nuestra principal tarea es recuperar la mirada y atención de nuestros estudiantes, que a menudo llega cautivada por estímulos digitales diseñados para mantenerlos continuamente conectados. Quienes estamos diariamente frente a un grupo de niños y niñas notamos, con una mezcla de asombro y preocupación, cómo los niveles de atención han cambiado. Frente a este escenario, surge una pregunta clave: ¿las pantallas representan una oportunidad para el aprendizaje o un riesgo para el desarrollo infantil?
En los últimos años, los dispositivos tecnológicos han pasado de ser una novedad a convertirse en un miembro más de las familias. Sin embargo, esta «compañía» constante ha encendido algunas alarmas. Durante los primeros cinco años de vida, el cerebro infantil atraviesa una etapa de alta plasticidad. En este periodo, el juego libre, la interacción social y la exploración del entorno son fundamentales para el desarrollo de habilidades como la atención, el lenguaje y la autorregulación.
Arturo Clariá, reconocido psicólogo clínico y educacional argentino, explica que el uso de pantallas a temprana edad puede interferir en los procesos del desarrollo cerebral. Menciona que los padres y aquí quiero incluir a los educadores, debemos estar atentos ante la normalización y exposición frecuente al uso de dispositivos electrónicos. “Los chicos necesitan tocar, usar los sentidos, necesitan las tres dimensiones lógicas de la vida real y no lo que ofrecen las pantallas”, menciona.
En la actualidad, los docentes nos enfrentamos de manera creciente a una nueva realidad en nuestros espacios de aprendizaje, relacionada con los niveles de atención de nuestros estudiantes. Aquí es donde el pediatra Dimitri Christakis nos da una clave fundamental: “la exposición temprana a ritmos mediáticos acelerados, esos cortes de cámara rápidos y luces intensas de los videos infantiles, condiciona el cerebro para esperar ese nivel de estimulación”. Cuando ese niño o niña llega al aula o se sienta a leer un libro, la realidad le resulta «menos atractiva».
En una línea similar, la pedagoga María Couso señala que “el uso de dispositivos para calmar o entretener a los niños puede generar dependencia y limitar el desarrollo de la autorregulación emocional”. En otras palabras, si el dispositivo siempre apaga el fuego, el niño nunca aprende a manejar su propio incendio interno.
Ahora bien, desde mi lugar como educadora, sería un error considerar la tecnología únicamente como un riesgo. Cuando se utiliza de forma moderada, con contenidos de calidad y en compañía de un adulto, puede convertirse en una herramienta que apoye nuestro proceso de enseñanza-aprendizaje. Una videollamada para saludar a la abuela, un juego interactivo o un cuento digital leído con mamá o papá pueden ser herramientas maravillosas que enriquecen el lenguaje y fortalecen vínculos afectivos.
Como señala Elaine Halligan, directora de The Parent Practice, “La clave está en enseñarles a usar la tecnología de forma segura, porque, en definitiva, queremos que nuestros hijos tengan el control de la tecnología, en lugar de sentir que la tecnología los controla a ellos.”
Nuestro enfoque entonces no debe centrarse en la prohibición, sino en el acompañamiento presente del adulto. Nuestro desafío como padres, maestros e instituciones educativas no es «eliminar» las pantallas del mapa, sino resignificarlas. Establecer límites claros, promover el acompañamiento permanente y priorizar experiencias reales de juego e interacción que son claves para proteger el desarrollo de la atención en la infancia. Rescatar la capacidad de nuestros niños de estar presentes, de mirar a los ojos y de interactuar con su propia realidad. Porque si no protegemos su atención ahora, corremos el riesgo de que crezcan como espectadores de su propia vida, mientras las pantallas ocupan el lugar central de su cotidianidad.