La tasa de desocupación cayó 1,1 puntos porcentuales en febrero de 2026, pero el análisis detallado de los datos del DANE revela señales de desaliento, destrucción de empleo formal y una dependencia preocupante del sector público.
El Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) publicó una tasa de desocupación del 9,2 % para febrero de 2026. El dato supone una reducción de 1,1 puntos porcentuales frente al 10,3 % de un año atrás y, a primera vista, sugeriría una mejora sostenida del mercado laboral. Sin embargo, el diablo está en los detalles.
Participación laboral en retroceso
El primer elemento que matiza la lectura optimista es la evolución de la Tasa Global de Participación (TGP), este indicador mide la relación entre la fuerza laboral (personas ocupadas más desempleadas) y la población en edad de trabajar. Es decir, cuando aumenta, hay más gente tratando de emplearse activamente.
En este caso, en el agregado nacional mensual, la TGP se mantuvo estancada en 64,7 %, pero en las 13 ciudades y áreas metropolitanas que concentran el grueso de la actividad económica, descendió del 66,8 % al 66,4 % frente a febrero de 2025. La tendencia del trimestre móvil diciembre 2025 – febrero 2026 confirma el patrón con una reducción de la participación nacional al pasar del 64,4% al 64,2 %.
Paralelamente, la población fuera de la fuerza de trabajo creció en 176.000 personas, un incremento del 1,2% interanual. Este grupo, compuesto en buena parte por personas dedicadas a oficios del hogar o desanimadas ante la escasez de oportunidades, no figura en el numerador de la tasa de desocupación. Su expansión explica, en parte, por qué el desempleo cae sin que la economía haya generado más puestos de trabajo de calidad.
Estructura del empleo: quién crea y quién destruye plazas
Un análisis por posición ocupacional muestra que los trabajadores independientes registraron una destrucción neta de 101.000 puestos respecto a febrero de 2025. Además, el empleo en el sector público también se contrajo, con 28.000 plazas menos en la categoría de obreros y empleados del gobierno.
Es decir, el impulso estadístico provino, de la categoría «obrero o empleado particular», que sumó 530.000 nuevos ocupados.
No obstante, la lectura por ramas de actividad introduce un matiz relevante. La rama de administración pública, defensa, educación y atención de la salud humana fue la segunda que más contribuyó a la ocupación nacional, aportando 244.000 personas. Es decir, aunque el empleo gubernamental directo se redujo en términos de posición ocupacional, el amplio ecosistema de servicios ligados al sector público, léase ‘contratistas’, sostuvo una porción significativa de los nuevos ocupados.
Entonces no es que el empleo público haya caído, es que los contratistas vienen en aumento y engrosando el gasto público. Se nota que estamos en temporada electoral.
Sectores primarios: la agricultura pierde terreno
Por otra parte, el panorama sectorial registra un deterioro notable en la agricultura, que perdió 363.000 empleos en el período analizado. Se trata de un sector que concentra a una parte relevante de la población rural y que históricamente ha actuado como amortiguador del desempleo en coyunturas de contracción urbana.
Su debilitamiento, a la parde la caída del trabajo independiente configura un doble factor de presión sobre los hogares de menores ingresos.
Informalidad: el problema estructural que no cede
Ahora bien, con una tasa de informalidad del 55,3 %, más de la mitad de los ocupados colombianos continúa trabajando al margen de la seguridad social. Este indicador muestra, además de la mala calidad del empleo, el problema de sostenibilidad fiscal del sistema pensional y de salud a mediano plazo.
De poco sirve la caída del desempleo agregado si esa reducción no va acompañada de una caída sostenida de la informalidad.
Así las cosas, el 9,2 % es un dato positivo visto desde lejos, pero se empieza a pixelar conforme se hace zoom en los detalles. El objetivo no puede ser bajar la tasa de desempleo a cualquier costo, la meta debe centrarse en generar empleo privado formal, productivo y con cobertura de seguridad social en sectores con capacidad de arrastre real sobre la economía.
Bajar el desempleo con burocracia nunca es sostenible. Esperemos que Colombia no tenga que aprenderlo de la manera más difícil.