Por: Jose Andrés Forero Bolívar
Hace algunos meses, en una sesión de consultoría, un Gerente de Talento Humano me dijo algo que he escuchado decenas de veces en diferentes organizaciones:
«Tenemos un problema de comunicación. La gente no entiende, los equipos no conectan y todo se vuelve más complejo de lo que debería ser».
La afirmación parecía razonable. Sin embargo, después de profundizar en la conversación, descubrimos algo diferente.
No era un problema de comunicación. Era un problema de lenguaje. Y aunque parezcan sinónimos, para un líder la diferencia es enorme.
Porque las organizaciones no se mueven únicamente por estrategias, indicadores o planes de acción. Se mueven por conversaciones. Y detrás de cada conversación existe una estructura de lenguaje que puede acelerar o frenar los resultados.
He visto proyectos millonarios retrasarse por interpretaciones equivocadas. Equipos completos perder energía por conversaciones ambiguas. Líderes convencidos de que existe resistencia al cambio cuando, en realidad, lo que existe es falta de claridad.
Lo más preocupante es que muchas veces estos problemas pasan desapercibidos. No porque falte capacidad técnica. Sino porque el lenguaje defectuoso termina normalizándose.
Aparecen frases como: «nadie está comprometido», «esto nunca funciona», «siempre pasa lo mismo» o «el equipo está desmotivado».
Y aunque parecen comentarios cotidianos, tienen un enorme impacto en la forma como interpretamos la realidad.
Desde la Programación Neurolingüística y los metamodelos del lenguaje, sabemos que existen tres patrones que condicionan la manera en que pensamos y lideramos: la omisión, la distorsión y la generalización.
Omitimos cuando dejamos fuera información relevante. Distorsionamos cuando interpretamos hechos como si fueran verdades. Generalizamos cuando convertimos una experiencia puntual en una regla absoluta.
El problema no es que existan estos filtros. Todos los seres humanos los utilizamos para comprender el mundo. El problema aparece cuando un líder toma decisiones estratégicas sin cuestionarlos.
Porque una decisión basada en una omisión puede generar falta de foco. Una decisión basada en una distorsión puede generar conflictos innecesarios. Y una decisión basada en una generalización puede cerrar oportunidades que nunca llegaron a explorarse.
Por eso, uno de los mayores actos de liderazgo consiste en aprender a escuchar más allá de las palabras. Preguntar mejor, profundizar más, validar antes de asumir.
Buscar precisión donde otros encuentran conclusiones rápidas. He comprobado que muchas organizaciones no necesitan más reuniones, más informes o más controles.
Necesitan conversaciones de mayor calidad. Porque cuando mejora la calidad del lenguaje, mejora la calidad del pensamiento. Y cuando mejora la calidad del pensamiento, mejora la calidad de las decisiones.
Al final, el liderazgo no se juega únicamente en las grandes estrategias. Se juega en las conversaciones que las hacen posibles. Y por eso, los resultados empiezan mucho antes de los indicadores. Empiezan en el lenguaje.