El caucho natural, por su ciclo de vida y su biomasa, es un aliado natural en la lucha contra la crisis climática, pero permanece invisible en las prioridades del Ministerio de Agricultura y sus agencias.
El Gobierno nacional ha convertido la entrega y formalización de tierras en la gran bandera de su gestión, acumulando reportes que superan los 2.5 millones de hectáreas gestionadas. Sin embargo, en el campo colombiano la tierra por sí sola no genera paz ni riqueza; el verdadero corazón de una reforma agraria integral no radica en el título de propiedad, sino en la viabilidad del proyecto que se siembra en ella y en la sostenibilidad a largo plazo de las familias en el campo con rentabilidad y calidad de vida. Es precisamente allí, en la intersección entre la productividad y la sostenibilidad, donde la estrategia oficial está encallando de forma preocupante.
Hoy asistimos a una entrega masiva de predios que carece de un acompañamiento técnico robusto y de proyectos productivos de largo aliento y donde el gobierno sigue ignorando el papel que juegan los gremios en este escenario como en muchos otros. Entregar parcelas a familias campesinas sin transferir tecnología, sin acompañamiento gremial, sin asegurar canales de comercialización y sin un diseño agroecológico adaptado es, en la práctica, democratizar la frustración y perpetuar la pobreza rural.
El error de visión es doble: no solo se está dejando al campesinado a la deriva productiva, sino que se está ignorando el potencial de los cultivos permanentes tropicales, como el caucho natural, el cacao y los sistemas agroforestales. Estos sistemas no solo actúan como proyectos productivos estables que garantizan ingresos a mediano y largo plazo para las familias, sino que funcionan como auténticos sumideros de carbono, capaces de restaurar suelos degradados y reforestar productivamente el trópico bajo. El caucho natural, por su ciclo de vida y su biomasa, es un aliado natural en la lucha contra la crisis climática, pero permanece invisible en las prioridades del Ministerio de Agricultura y sus agencias.
En su lugar, la falta de planeación o el impulso de cultivos agrícolas transitorios mal planificados e incentivos indirectos a la ganadería extensiva terminan promoviendo modelos de alto impacto ambiental. Es una contradicción flagrante para un gobierno con un discurso de vanguardia climática. Las cifras del Inventario Nacional de Gases de Efecto Invernadero (GEI) coordinado por el IDEAM reflejan una realidad contundente sobre el perfil de emisiones de nuestro país: La ganadería extensiva participa en el 59% de las emisiones, mientras que a nivel global el sector agropecuario y de uso de la tierra promedia cerca del 24% de las emisiones, en Colombia representa más de la mitad del daño atmosférico. La agricultura mal planificada y el cambio de uso del suelo son nuestros mayores generadores de gases de efecto invernadero, superando con creces a todo el parque automotor y a las industrias del país juntas.
Condenados a la quiebra cíclica
Entregar tierras para sembrar cultivos agroalimentarios transitorios sin cadenas de valor es, paradójicamente, condenar al campesino a la quiebra cíclica por tres razones estructurales: i) La volatilidad de precios e intermediación: Al cosechar productos perecederos (plátano, yuca, papa, hortalizas), el campesino no puede almacenar su producción para esperar un mejor precio. Está obligado a vender de inmediato a las redes de intermediarios en las centrales de abastos, perdiendo hasta el 60% o 70% del valor final del producto. ii) La inflación de insumos: En los últimos años, los costos de las semillas certificadas, pesticidas y fertilizantes importados han crecido a ritmos asfixiantes. Un pequeño productor tiene nula capacidad de transferir ese aumento de costos al precio final de venta. iii) La asimetría climática: Los cultivos transitorios son sumamente vulnerables al clima. Una racha de sequía severa o una inundación destruyen el 100% del capital de la familia en semanas.
Pero el problema no es solo la ganadería extensiva. La agricultura de ciclo corto que suele improvisarse en estas adjudicaciones arrastra su propia huella ecológica. A este sinsentido ambiental se le suma una tragedia económica: la ilusión de la autosuficiencia alimentaria a pequeña escala. Lanzar al campesino al monocultivo de productos agrícolas transitorios y perecederos es obligarlo a participar en un camino financiero donde lleva las de perder. Sin capacidad de almacenamiento, el productor queda a merced de una cadena de intermediación feroz que absorbe hasta el 70% de sus utilidades, atrapado además en la asfixia de insumos químicos dolarizados. En el agro colombiano actual, sembrar alimentos de ciclo corto sin tecnificación, sin acompañamiento gremial, ni contratos de compra anticipada se ha convertido en el arte de ‘sembrar para perder.
Frente a este abismo, los sistemas agroforestales basados en cultivos permanentes como el caucho natural ofrecen una respuesta contraria. No solo capturan carbono de forma continua durante sus más de 35 años de vida útil, sino que rompen la tiranía del intermediario: el caucho se procesa, se almacena, no se pudre a los tres días de cosechado y se transa bajo un mercado industrial con precios estables, otorgándole al campesino el flujo de caja mensual que la yuca o el plátano jamás podrán garantizarle.
Fomentar la entrega de tierras sin vincularlas a proyectos de silvicultura productiva o cultivos perennes -que capturan carbono en lugar de emitirlo- es acelerar el reloj de la degradación ambiental en regiones críticas como la Amazonía, la Orinoquía o el Magdalena Medio.
Una reforma agraria que se mide únicamente en hectáreas y no en toneladas de carbono capturadas o en ingresos estables para el productor es una política pública incompleta y anacrónica. El Ministerio de Agricultura y la Agencia de Desarrollo Rural deben corregir el rumbo para el próximo gobierno sea cual sea: es hora de transitar de la simple adjudicación de predios hacia una verdadera política de paisajes productivos sostenibles. Colombia no necesita más tierras abandonadas a su suerte; necesita un campo sembrado para el futuro.
Por: Fernando García Rubio, director ejecutivo de Confecaucho.