La escalada de tensiones en el Medio Oriente tras las operaciones militares de Estados Unidos e Israel, la muerte del líder supremo iraní y el bloqueo del estrecho de Ormuz por parte de Irán, ha generado una reacción inmediata en los mercados energéticos globales.
El más claro está por el lado de los precios del petróleo. El Brent subió entre un 8 % y un 13 %, cotizando cerca de los 82 dólares por barril, mientras que el WTI se situó en torno a los 72 dólares. Para Colombia, esta coyuntura presenta un panorama de contrastes, con beneficios fiscales directos, pero riesgos considerables para el costo de vida interno.
El alivio en las finanzas públicas y el sector petrolero
Con una producción cercana a los 750.000 barriles diarios, Colombia recibe un impacto neto positivo en sus cuentas fiscales a corto plazo. Por cada dólar que aumenta el precio del barril, la industria genera aproximadamente 750.000 dólares adicionales por día. Bajo las condiciones actuales, un alza sostenida de entre 7 y 10 dólares representa ingresos extra de entre 5 y 22 millones de dólares mensuales para el país.
Este flujo de recursos actúa como un ‘colchón’ presupuestal para el Gobierno nacional, considerando que el Marco Fiscal de Mediano Plazo para 2026 se proyectó con un barril a 70 dólares. Estos ingresos adicionales vía regalías e impuestos ayudan a mitigar el déficit fiscal, que se situaba por encima del 7 % del PIB, reduciendo la necesidad de ajustes drásticos en el gasto público.
Ahora bien, hasta el momento es la reacción de un día. Ese escenario fiscalmente favorable para el país depende de que esos precios del crudo se mantengan en esos niveles por varios meses.
Las presiones inflacionarias y la tasa de cambio
Dicho esto, también hay que considerar que el beneficio fiscal se cruza con efectos negativos para el consumidor final. Colombia importa una fracción importante de los combustibles que consume, y el encarecimiento del crudo internacional presiona al alza los precios de la gasolina y el diésel.
Este fenómeno frena la tendencia de estabilización de precios que el Gobierno buscaba consolidar, lo que podría trasladarse a los costos de transporte y alimentos, con una gasolina que ya se había elevado significativamente (pese al contentillo populista de bajar 500 pesos en las últimas semanas).
A esto se suma el fortalecimiento del dólar debido al sentimiento de aversión al a nivel global. Los inversores buscan refugio en la divisa estadounidense, lo que deprecia el peso colombiano y encarece las importaciones de bienes de capital e insumos.
Esta presión inflacionaria podría obligar al Banco de la República a mantener las tasas de interés en niveles altos por más tiempo de lo previsto para contener el alza del costo de vida.
Perspectivas
La duración de la crisis en el golfo Pérsico determinará la magnitud del impacto estructural en Colombia. Aquí consideramos que hay dos escenarios principales:
- Si el conflicto se desescala rápidamente, Colombia obtendría un beneficio fiscal extraordinario de varios cientos de miles de millones de pesos durante el primer semestre, sin un daño profundo en la inflación de largo plazo.
- Si el estrecho de Ormuz permanece cerrado por semanas, el petróleo podría alcanzar rangos de entre 100 y 120 dólares. Aunque esto maximizaría los ingresos por exportaciones, el riesgo de una recesión global aumentaría, lo que eventualmente reduciría la demanda de otros productos colombianos como el café, las flores y el carbón, además de consolidar una inflación interna persistente.
Así las cosas, la ‘celebración de corto plazo’ podría estar cocinando una resaca adicional, para una economía que no está fiscalmente sana y cuyos motores de crecimiento se verán afectados por cuenta de una recesión global.