En abril de 2026, el mercado cambiario colombiano se encuentra sumergido en una desconexión fundamental. Mientras los indicadores de las cuentas públicas están plagadas de alertas fiscales, el dólar en Colombia fluctúa entre $3.500 y $3.700, niveles que rememoran la calma de principios de 2021.
Esta paradoja sugiere que la moneda ya no responde a un ‘dueño único’ ni a la narrativa exclusiva del Palacio de Nariño. En este momento el país se enfrenta a una divisa que se debate entre el apetito por el riesgo global, el rigor técnico del Banco de la República y la fragilidad fiscal interna.
El ‘Carry Trade’
La actual apreciación del peso no es por cuenta del optimismo político, tiene que ver más con el spread de tasas. Mientras la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos mantiene una postura de extrema cautela, postergando cualquier recorte de tipos ante riesgos inflacionarios persistentes, el Banco de la República sostiene su tasa en 11,25 %.
Este diferencial ha convertido a Colombia en un destino predilecto para el carry trade. Los inversionistas internacionales están inundando el mercado con dólares para capturar los altos rendimientos en pesos, eso aumenta la oferta de dólares en el país y reduce su precio.
A esto también hay que sumarle el desmesurado endeudamiento del Gobierno, con lo cual se agregan dólares a la economía nacional y refuerza la caída de la tasa de cambio.
La geopolítica
Ahora bien, el peso colombiano no tiene ese comportamiento exclusivo. Hay una debilidad marcada del dólar a nivel internacional. De hecho, el índice DXY, el termómetro de la divisa global, se sitúa en los 98,06 puntos, cediendo terreno frente al fortalecimiento del euro y la libra esterlina.
Sin embargo, el factor determinante es el choque de oferta sistémico derivado del bloqueo en el Estrecho de Ormuz. Esta tensión geopolítica ha disparado el petróleo. Para Colombia, esta bonanza petrolera actúa como un amortiguador, el flujo de petrodólares es, en la práctica, el único factor que evita que el ‘ruido fiscal’ interno desencadene una liquidación masiva de activos locales.
Una precaria estabilización fiscal
A pesar de la fortaleza externa, la vulnerabilidad interna es evidente. La caja del Gobierno registró $6,8 billones en marzo de 2026, una cifra que es un 30% inferior a lo observado el año anterior. Esta fatiga de liquidez, sumada a la incertidumbre de un ciclo electoral y las constantes emisiones de deuda, inyecta una volatilidad que impide que el peso se fortalezca de manera definitiva.
Dicho esto, la estrategia oficial de recompra de bonos externos por USD 4.000 millones se percibe como una espada de doble filo. La razón es que, aunque ‘optimiza’ el perfil de la deuda, no deja tranquilos a los tenedores de bonos.
El peso colombiano está en la cuerda floja. La bonanza externa y el diferencial de tasas logran compensar, el deterioro de las cuentas fiscales y la incertidumbre política. No obstante, las proyecciones para el segundo trimestre de 2026 apuntan a una corrección moderada hacia los $3.720, a medida que el mercado internalice el riesgo electoral.
Ahora, dado que el petróleo está por los 100 dólares, pero no hay ningún margen fiscal, no parece que esto sea una oportunidad de oro para el peso ni para la economía colombiana. Esto podría ser, según lo que ocurra con las elecciones, la calma antes de la tormenta.