Raúl Zárate, CEO de GFT Technologies en la Región Andina.
El Open Banking ya no es una mera obligación regulatoria para los bancos colombianos; si alguien no está de acuerdo, le advierto que está equivocado. Hoy nos enfrentamos a una oportunidad de negocio: transformar el banco en una plataforma capaz de participar en más momentos de la vida del cliente y crear servicios que trasciendan los límites del sistema financiero tradicional.
En Colombia, este debate ha entrado en una nueva etapa. El Decreto 0368 de 2026 estableció el Sistema de Finanzas Abiertas obligatorio y asignó la definición de estándares y el cronograma de implementación a la Superintendencia Financiera. El sector se había estado preparando para este momento. Ahora, el reto es transformar la preparación tecnológica en valor de negocio.
Por lo tanto, creo que tres cambios de perspectiva serán cruciales. El primero es, precisamente, dejar de ver el Open Banking como mero cumplimiento normativo. Poner a disposición las API, garantizar la seguridad y cumplir con los estándares de interoperabilidad serán requisitos básicos. La ventaja competitiva radicará en lo que cada institución sea capaz de construir a partir de esta infraestructura.
Esto significa pensar más allá de la cuenta bancaria o la aplicación. Un banco puede estar presente cuando una persona compra una casa, abre un negocio, contrata un seguro, invierte o gestiona sus finanzas. Cuanto más conectado esté a otros ecosistemas, mayor será su capacidad para participar en estos momentos con servicios relevantes.
El segundo cambio radica en comprender que compartir información es solo el comienzo. El valor no reside simplemente en acceder a los datos, sino en la capacidad de transformarlos, siempre con el consentimiento del cliente, en mejores decisiones, experiencias más sencillas y ofertas verdaderamente personalizadas.
Este potencial es particularmente relevante en Colombia. El Informe de Inclusión Financiera 2025, elaborado por Banca de las Oportunidades y la Superintendencia Financiera, muestra que el 96,5% de los adultos tenía al menos un producto de depósito. Sin embargo, el uso de estos productos aún revela grandes diferencias territoriales: el indicador de uso alcanzó el 99,3% en ciudades y aglomeraciones, en comparación con el 40% en zonas rurales dispersas.
Estas cifras demuestran que la inclusión financiera no se limita a abrir cuentas. Con una visión más completa e informada de la realidad financiera de cada persona, las instituciones pueden evaluar las necesidades con mayor precisión, ampliar el acceso a los servicios y desarrollar productos que se adapten mejor a los diferentes perfiles de clientes.
El tercer cambio radica en la lógica misma de la competencia. En la economía de plataformas, la ventaja competitiva ya no depende únicamente del tamaño del banco. También depende de la velocidad con la que pueda conectarse, integrar socios y crear nuevos negocios con terceros. Esto transforma la relación entre bancos, fintechs, aseguradoras, minoristas y plataformas digitales. No todo tendrá que desarrollarse internamente. Saber cómo elegir socios, integrar servicios y lanzar rápidamente nuevas propuestas al mercado puede ser tan importante como tener escala.
Por lo tanto, cuando hablamos con las instituciones financieras sobre el Open Banking, creo que la primera pregunta no debería ser «¿qué API necesitamos desarrollar?», sino «¿qué nuevo negocio queremos crear?». La tecnología debe responder a esta estrategia, no definirla.
Colombia ya ha establecido la base regulatoria para las finanzas abiertas. La próxima batalla será empresarial. La regulación puede determinar que los caminos hacia los datos estén abiertos. Pero eso no determinará quién sabrá desenvolverse mejor en esos entornos.
Y ahí es precisamente donde comienza la verdadera ventaja competitiva.